Introducción

La situación mundial ha requerido esfuerzos de la UNESCO y de las Naciones Unidas encaminados a revisar la necesidad de construir un nuevo paradigma para la paz tal como figura en la recomendación aprobada por la UNESCO (1974) en las resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Educación para la Comprensión, la Cooperación, la Paz Internacional y la Educación, referente a los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales, consustanciado con lo que se establece en la Agenda 2030, en el Objetivo 16: Paz, Justicia e Instituciones Sólida, en el que se establecen los Objetivos de Desarrollo Sostenible, con los que se busca reducir sustancialmente todas las formas de violencia y trabajar con los gobiernos y las comunidades para encontrar soluciones duraderas a los conflictos e inseguridad.
El fortalecimiento del Estado de derecho y la promoción de los derechos humanos es fundamental en este proceso, así como la reducción del flujo de armas ilícitas y la consolidación de la participación de los países en desarrollo en las instituciones de gobernabilidad mundial. Sin la paz, estabilidad, derechos humanos y gobernabilidad efectiva basada en el Estado de derecho, no es posible alcanzar el desarrollo sostenible. Vivimos en un mundo cada vez más dividido. Algunas regiones gozan de niveles permanentes de paz, seguridad y prosperidad, mientras que otras caen en ciclos aparentemente eternos de conflicto y violencia. De ninguna manera se trata de algo inevitable y debe ser abordado.
Al respecto, la UNESCO (ob cit) en su vigésima octava reunión declara en la Conferencia General que en las postrimerías del siglo XXI el principal lo constituye iniciar la transición de una cultura de guerra hacia una cultura de paz: una cultura de armonía social y de compartir, fundamentada en los principios de libertad, justicia, democracia, tolerancia y solidaridad, una cultura que rechace la violencia y que procure prevenir las causas de los conflictos en sus raíces para dar solución a los problemas mediante el diálogo y la negociación, una cultura que garantice el pleno ejercicio de todos los derechos y los medios para participar plenamente en el desarrollo endógeno de la sociedad.
En esa reunión, la Conferencia General pide que se promueva una cultura de paz basada en los principios enunciados en la Carta de las Naciones Unidas y en el respeto de los derechos humanos, la promoción del desarrollo, la educación para la paz, la libre circulación de información y la participación de la mujer como enfoque integral para prevenir la violencia y los conflictos, además, solicita que se realicen actividades encaminadas a crear condiciones propicias para el establecimiento de la paz y su consolidación.

Dado el gran desafío que le corresponde a la UNESCO en ese momento, solicita a sus interlocutores, especialmente a la educación superior, que ayuden a preparar programas de acción de manera que las instituciones de estudios terciarios puedan contribuir de forma eficaz posible a una Cultura de Paz y reconciliación. Desde esa perspectiva, la Universidad como institución que contribuye en la educación de nuevas generaciones, tiene como responsabilidad fomentar nuevos paradigmas para cultivar en la mente de las juventudes, la importancia de una armónica convivencia de las pequeñas y grandes comunidades de los seres humanos, donde la educación como herramienta de transformación del mundo de la violencia a la paz ha sido una misión tradicional de la UNESCO, pero con énfasis en las metas propuestas, las cuales se obtienen, si las universidades se comprometen plenamente en el proceso.
A ese tenor, la universidad debe volcarse hacia la sociedad para sensibilizar, explicar y dar a conocer los acontecimientos relacionados con el conflicto, de forma que sirva de aprendizaje para reconducirlo. A la universidad se le ha concedido tradicionalmente tres funciones sustantivas como son: formar personas, investigar la ciencia y servir a la comunidad.
En ese contexto, la universidad puede contribuir con éxito a la construcción de una cultura de paz, promoviendo movimientos y asociaciones comunitarias con conciencia social y fomento del capital humano por medio de la educación. De acuerdo con Nussbaum (2015) es necesario que los procesos educativos promuevan el cultivo de la humanidad, con el fin de que los estudiantes desarrollen sentimientos morales de empatía hacia los demás, igualmente, cultiven el pensamiento crítico, las actitudes de respeto hacia la diversidad y las capacidades orientadas a la construcción de una sociedad democrática. Quizás así, como sociedad se pueda salir al encuentro según Gaviria (2011:9) a "la tarea de formar buenos ciudadanos, formar personas para la convivencia y formar personas para la democracia". Sin embargo, la violencia dentro de la sociedad puede fácilmente desbordar las colectividades y los límites impulsándolos al conflicto y fomentando el enfrentamiento.
Una línea de reflexión y acción tiene que ver la cultura de paz, es como replantear la comprensión de la paz, comunicación y educación para la paz, estableciendo la relación entre la academia y la sociedad a través de actividades inherentes a la extensión y la investigación, lo que implica revisar la triada Universidad-Empresa-Estado, con el propósito de promover construcción de políticas para la vida cotidiana y plantear horizontes de mayor esperanza para la construcción de una sociedad más justa y pacífica promoviendo el pensamiento crítico y un conocimiento socialmente pertinente.

De ese modo y de acuerdo con Pino (2011:01), "cuando se hace referencia a la educación para la paz se pretende visualizar un mundo justo, donde la ética y los derechos humanos constituyen los cimientos de la vida y futuro de niños, niñas, hombres y mujeres de toda la raza humana". En tal sentido, es necesario atender los dos asuntos básicos e interrelacionados, es decir, la comprensión de la paz y la educación para la paz. El asunto de la comprensión para la paz, pasa por una preocupación de las personas, de las instituciones y de la sociedad, de los líderes, de los comunicadores públicos y de los educadores, una preocupación y una ocupación en torno al vivir en paz.
La formulación de un nuevo paradigma para la paz en respuesta a los desafíos de la violencia en aumento, es indispensable la participación de las universidades en la creación y mantenimiento del nuevo paradigma, en el fomento de una Cultura para la Paz. Desde esa perspectiva, la educación para la paz debe orientarse a la construcción y potenciación de relaciones armoniosas entre los actores socio educativos, fomentando confianza, participación, canalizar la agresividad; cultivar la tolerancia, afirmación de la diversidad.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (1998) esta consiste en una serie de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos tratando de atacar sus causas para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación. De allí la articulación con las líneas de pensamiento de la universidad lo cual favorece el desarrollo y difusión en las diferentes cátedras académicas en temas de democracia, ética, derechos humanos y derecho internacional humanitario, paz y política, entre otros aspectos, la cual debe transversalizar en todos los programas.
En ese orden de ideas, se pretende un Programa de Acción sobre una Cultura de Paz en correspondencia con el ya existente para la UNESCO (1999) en el cual se establecen siete (7)
ámbitos de acción para promover la paz a nivel local, nacional e internacional, concibiendo que el primero de esos ámbitos plantea promover una cultura de paz por medio de la educación, mediante la revisión de los planes de
estudios orientados a la consolidación de valores, actitudes y comportamientos propiciadores de soluciones pacíficas de los conflictos, el diálogo, la búsqueda de consensos y la no violencia. En definitiva, una verdadera educación para la paz no solo implica aproximar teóricamente a esta dimensión a los estudiantes, sino que, además deberá ser capaz de reconfigurar la ontología en la que estos se desenvuelven o actúan, mediante la preeminencia de la razón axiológica.
